Fundación y vida cotidiana

Durante la primera mitad del siglo XIX, México vive todo tipo de crisis. Primero la de Independencia, luego una monarquía constitucional con el primer Imperio Mexicano encabezado por Don Agustín de Iturbide de 1821 a 1823; después tenemos el primer presidente José Miguel Fernández y Felix conocido como Guadalupe Victoria, el cual abolió la esclavitud, y gobierna de 1824 a 1829.

Al poco tiempo llega Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna y Pérez de Lebrón, a quien se le llegó a decir Alteza Serenísima y dictador, quien enfrenta diferentes guerras como la de los pasteles con Francia y la dolorosa pérdida de la mitad del territorio mexicano en diferentes eventos con los Estados Unidos,
como en el año de 1847; volvió en varias ocasiones a presidir el gobierno mexicano, hasta que por medio del Plan de Ayutla es destituido definitivamente en 1853.

Medio siglo de desorden y desajuste que constituyó la fragua en la que los mexicanos conservadores y liberales estarán dispuestos a matarse por lo que consideran sus ideales.

En este marco político y social el Congreso del Estado de México decreta el 10 de mayo de 1852 la erección de pueblo a la ranchería de San Antonio Polotitlán. El 27 de septiembre de 1875 el Congreso del Estado de México eleva a la categoría de Municipalidad, al pueblo de Polotitlán, según decreto número 124.

En 1876 Porfirio Díaz, como candidato a la presidencia de la República, estuvo en Polotitlán, donde hizo este comentario: “Sus condiciones de moralidad, su cultura y amor al trabajo excepcionales, hacen de éste un pueblo ilustrado”.

En la presidencia municipal de Polotitlán se encuentra el decreto que eleva a Polotitlán al rango de Villa, el cual fotografiamos por considerarlo un documento que sus habitantes y visitantes deben conocer, en él dice:

Decreto nº 103 octubre de 1878, Art. 1 Decreta que el pueblo de Polotitlán cabecera de la municipalidad del mismo nombre, en el distrito de Jilotepec, se eleva al rango de Villa. Art. 2 La expresada Villa se denominará: Polotitlán de la Ilustración. En la estación de Polotitlán, mucha gente se movía al pueblo caminando o en carretitas de bueyes, volantas o chispas de un caballo, que tenían una cajuela para cargar una petaca, también alguno que otro auto, ya empezaban los Forcitos y los Doge.

Si nos situamos en el segundo tercio del siglo XIX, las noticias viajaban muy lentamente, comparándolas con el manejo de la información de ahora, sin embargo por el Camino Nacional pasaba no tan solo personas, ganado, carretas y mercancías, sino que también pasaban novedades y noticias, llegando las primicias regionales a Polotitlán de la Ilustración. Así, en muy pocos años Polotitlán se destacó, teniendo un camino que lo proveía de todo y de donde se desplazaba todo lo que se producía en la región. Al terminar el primer período de gobierno de Porfirio Díaz, en 1880 los inversionistas norteamericanos iniciaron por fin la construcción de líneas férreas en México.

En este año se otorgaron las dos primeras concesiones a empresas constructoras norteamericanas; la primera el 8 de septiembre de 1880, al Ferrocarril Central Mexicano, para construir una línea de vía ancha, entre México y Paso del Norte, (hoy Ciudad Juárez, Chihuahua). De Polotitlán se dice que su moralidad, cultura y amor al trabajo excepcionales, propiciaron un desarrollo económico que permitió un florecimiento urbano, agrícola, ganadero y la instalación de una estación de ferrocarril en 1882, precisamente la del Ferrocarril Central.

Don Miguel Lara Guerrero comenta: tomaba el tren en la Estación de Buenavista por el año de 1930, salía a las 7 de la mañana y a las 8 o 9 llegaba a Tula. En esa estación se almorzaba muy bien: pulque, enchiladas increíbles, verdes y rojas, café con leche, tamales… limpio todo. Luego seguía la estación de San José Bojay y luego Polotitlan. También hacía parada en Cazadero y luego San Juan del Río.

En la estación de Polotitlán, mucha gente se movía al pueblo caminando o en carretitas de bueyes, volantas o chispas de un caballo, que tenían una cajuela para cargar una petaca, también alguno que otro auto, ya empezaban los Forcitos y los Doge.

Antes de que finalizara, el régimen del general Díaz, Polotitlán fue escenario de grandes acontecimientos. Uno de ellos, por su importancia científica, mereció que la Memoria del Misionero de Fomento reprodujera con todo detalle el “Informe de los trabajos ejecutados por la comisión mandada a San Antonio Polotitlán a observar el eclipse anular del sol, acontecido el día 28 de junio de 1908”.

Las observaciones de tiempo y latitud fueron hechas con un teodolito astronómico construido, y empleado por primera vez, por Gautier de París. El objetivo del anteojo tenía un diámetro de 37 milímetros y una distancia focal de 30 centímetros, siendo su ocular acodado para permitir observaciones cenitales.

En el pueblo de Huichapan tienen una pintura en la que sale Abundio Martínez, un brillante compositor mexicano, quien salió de su pueblo a la edad de 17 años para formar una banda de música en Polotitlán, por encargo del presidente municipal Jesús Polo Castillo quien está, al lado del músico. Año de 1882. Se dice que compuso más de 200 obras aunque solamente se conservan 115.

Pasada la Revolución, Venustiano Carranza, en una de sus giras a la ciudad de Querétaro, pasó por estas tierras, fue recibido por personas que contaban con estudios profesionales, lo que llamó su atención, entonces comentó: “Ahora entiendo porque se le conoce como Polotitlán de la Ilustración.”

Pasábamos por el Portal Juárez, cuando tocamos en la puerta de la casa de las maestras Conchita y Tela Landaverde. Ellas fueron maestras de muchas generaciones de alumnos de este pueblo, los cuales han llegado a ser profesionistas: doctores, ingenieros, sacerdotes, presidentes municipales…

Con cordialidad nos reciben y platicamos de los tiempos pasados, Conchita y Tela van sacando recuerdos:

Aquí en frente, se ponía el mercado los domingos, vendían granos, legumbres, cazuelas de barro y poca variedad de frutas que traían de Tecozautla; guayabas, nueces, granadas, manzana criolla ; y de Cazadero frijol y papa. Los comerciantes ataban sus burros en las columnas de los portales y colocaban su mercancía sobre costales, colocando todo en montoncitos, para que uno se llevara el grupo. Esto fue allá por los años cuarentas, todavía no estaba la carretera y como llegaba mejor todo, era por el tren que iba a Ciudad Juárez, el cual funcionó todavía hasta los años cincuentas, nosotras lo ocupábamos para ir a la Ciudad de México, ir a San Juan o a Querétaro. La autopista aún no estaba, nos comunicábamos en autos a la capital por Toluca que era la Panamericana.

Corredor de la casa de don Porfirio Landaverde, hoy de sus hijas las profesoras: Tela y Conchita.

Abajo: Una época con influencia europea, por lo que ante la novedad de los nuevos artistas de la lente, algunos pobladores, posaban con indumentaria que bien podía usarse en París.

 

Esto fue agrícola y muy lechero, mi papá tenía el establo atrás de la casa, al igual que los del portal Hidalgo, que sacaban a pastar a sus vacas después de la ordeña y a su regreso nuevamente las ordeñaban. La primera lechería fue de José Cabello. Por el tren embarcaba la leche a México, también hacía algo de queso. El tren entonces era el mejor transporte, podía llevar productos perecederos el mismo día del embarque, lo que permitía nutrir a la gran Ciudad que ya contaba con uno y medio millones de habitantes. Aquí no había cantinas, eran pulquerías, que básicamente venían de las haciendas que tenían magueyes para el consumo de la hacienda y del pueblo.

Primero fuimos maestras de primaria y luego estudiamos de normalistas para dar enseñanza superior. Tela inicia en 1946 y yo por 1952, hasta que nos jubilamos treinta años más tarde. Poco después de que empezamos, el Gobernador Alfredo del Mazo hizo las secundarias y preparatorias mixtas, entonces los padres de familia decían: “preferimos tener burros en el cielo que sabios en el infierno”. Al tiempo se convencieron que esa convivencia era natural. Era común ir a comer al río, hacíamos días de campo , cada quien llevaba su itacate, que traíamos en una canasta: pollos cocidos, enchiladas de chile pasilla con queso, lolitos que se les pone frijol adentro y postres de membrillo. Había un lugar que le llamaban la mesita, jugábamos y cantábamos, siempre había alguien que llevaba su guitarrita.

La convivencia era caminar, meterse al río, descansar recostados en una manta y disfrutar los aromas del campo y del cielo. Esto todavía, no hace mucho, se hacía incluso en la Ciudad de México. A mi también me tocó una juventud con esos momentos; la vida enclaustrada de las nuevas generaciones focalizadas en pequeños aparatos que hacen de todo, ha evacuado los campos, cuando mucho buscan un pequeño camellón donde sentarse y comer acompañados de los zumbidos de los autos. El precio que están pagando las nuevas generaciones auguran una mala salud, a nuestros padres y a nosotros nos tocó una generación longeva y a las que vienen quien sabe.

Las procesiones en los días de fiesta religiosa como la de San Antonio congregaban al pueblo y así se veían los de a pie, los de a caballo y los de automóvil. Un momento donde la vida de todos los grupos sociales permeaba y permitía cuando menos cruzar un saludo. La calle era un lugar de encuentro de creencias, de diferentes formas de vestir y de soñar. Los juegos pirotécnicos unificaban la vista de todos y a todos dejaba un buen sabor de boca, ese era un instante de igualdad.

Polotitlán hoy, al igual que muchos pueblos de ambiente rural, ha sido afectado por la nueva tecnología y una cultura global, debe construir a partir de sus raíces rurales, un nuevo entorno que le dé una vida más saludable. Hay mucho por hacer.

Textos y Fotografías: José Manuel Rivero Torres