Parroquia de San Antonio, El Álamo y San Isidro

El común denominador de ranchos y haciendas de México es que fueron el modo de vida del 80% de la población hasta entrado el siglo XX, donde la constante fue el cultivo de la tierra y la crianza de animales domésticos. Así también tuvieron la oportunidad de transformar sus productos como las enequeneras con cordeleras, algodoneras con fábricas textiles, pulqueras con tinacales, y que en algún momento montaron alambiques para producir alcohol, las ganaderas, que tenían sus propios mataderos y carnicerías o las lecheras, que terminaron procesando la leche para convertirla en queso.

Una hacienda o rancho tenía relativa autosuficiencia, había trabajadores no tan solo del campo, sino oficios como herreros, carpinteros, albañiles que hacían de todo, manteniendo en buen estado las casas, las trojes, los macheros, los establos, los canales, las presas, los carruajes o las góndolas de vía angosta que llevaban los productos al ferrocarril.

¿Qué subyace dentro de nosotros mismos sino la idea de transcender?

La polis, el ser polis y de ahí un sentido político que nos congregue y lleve a un plano superior; estas edificaciones, cada una y en su conjunto, han trascendido su función y su tiempo. En ellas se resguarda una pequeña parte del conocimiento rural, es parte de nosotros y algo nos invita a reflexionar a cerca de ellas, por eso no tan sólo debemos conservarlas, sino también repensarlas.

Por lo pronto tienen a cuestas un tiempo pasado, la historia de lo que en esta tierra pasó; José Rafael Polo Díaz de la Vega, se casó en la capilla de la hacienda de San Antonio, un hecho simple, ritual, que dio paso a un hijo, José Felipe Polo Legorreta y que ahí mismo fue bautizado. Uno conformó parte del nombre del municipio, el hijo lo fundó junto con su tío Nicolás Legorreta Sánchez Godoy y su cuñado José María Garfias Saldivar.

Por todos lados brota el apellido Polo, combinado con otros y se menciona con orgullo; vino de mi abuelo, es mi tío, son mis primos.

Algo subyace de Polo en este pueblo, como en los “100 años de soledad” de García Márquez, Macondo mexicano de José Rafael Polo en lugar de José Arcadio Buendía, que al día de hoy transita con su ser y su descendencia por este entorno.

Por eso hay que reanimar los muros, tejer el pasado con el presente para hacer el futuro, no son casas, corrales, tierras inertes o jagüeyes muertos, son el vestigio de lo que fueron capaces de albergar, gente de trabajo, animales productivos, tierras de maizales, alfalfares o cebadales y huertos con árboles frutales.

Los derruidos muros despiertan mi creatividad y me imagino a Cyrano de Bergerac susurrando al viento para que lleve sus palabras a Roxana que se encuentra en el balcón de San Isidro, o que al pasar por su portón escuchemos: En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.

Textos y Fotografías: José Manuel Rivero Torres

Alonso Quijano, el Quijote llegando a la posta donde su imaginación transforma a la posadera Aldonsa en Dulcinea del Tovoso.

Hagamos lo que hasta hoy no se ha hecho, retomemos estos muros del pasado para convertirlos en íconos de una nueva identidad rural que dé mayores y mejores fuentes de trabajo, para que nuestros jóvenes viertan la riqueza de sus brazos, aquí, en su tierra natal.

Don Ignacio González Polo, con su familia en San Isisdro.

Textos y Fotografías: José Manuel Rivero Torres